domingo, noviembre 15, 2009

Nervios crispados

Odio la ignorancia, la osadía del que no sabe y opina, del necio que mete la pata, hace daño y se ríe.
Odio el atrevimiento sin consultar, el cotilleo sin pudor, los que se meten donde nadie los llama, los envidiosos y rencorosos.
Odio la hipocresía, la excesiva autosuficiencia, la falta de humor, las caras largas y la brutalidad injusta que se perdona porque sí.
Odio y convivo porque no me queda otra, luchando para no crispar los nervios...


sábado, noviembre 14, 2009

Momento Maitena


Mismamente vs Sistema Inmune


Que te suelten de imprevisto que padeces una enfermedad autoinmune y de caracter neurodegenerativo no es plato de buen gusto para nadie. Tampoco lo fue para mí la tarde del 05 de mayo de 2009. Ciertamente he de admitir que tenía la "mosca detrás de la oreja" desde hacía algunas semanas y no sé si será por el sexto sentido que nos caracteriza a las féminas pero algo me rondaba por la cabeza...


Y hablando de cabezas, ¿qué sistema inmune es tán imbecil como para atacar al mismo cuerpo que lo alberga?, ¿No había otra zona a la que declarar la guerra sino a mi cerebro?. Me caracterizo por tener las caderas anchas, podrían haberse decantado por las cartucheras que llevo encima y no por la mielina de mis axones neuronales. Realmente, siempre he sido bastante original, desde que asomé las narices por las partes pudendas de mi santa madre hasta el soleado día de hoy. Siempre dando la nota, queriendo y sin querer, porque tampoco voy a negar que me gusta el cachondeo, en cuestiones sanitarias, desde luego, no iba a ser menos...


Lo llevo bien, "demasiado", pensarán algunas personas. Me da lo mismo, como decimos en mi tierra "me la reflanflinfa". Simplemente voy acorde con la sociedad, un cuerpo que lucha contra sí mismo, que no se pone de acuerdo ni de casualidad, que baja y sube kilos como masca chicle y que compra compulsivamente igual en Zara que en Leroy Merlin o en Mediamarkt. Y es que yo no soy tonta... un poco obsesiva sí. Por ejemplo, al día siguiente de darme el diagnóstico comencé a buscar y buscar información sobre la enfermedad, tanta, que hice un fichero de más de 400 páginas. Lo juro. He acumulado ya como 4 libros sobre dicha dolencia, algunos de caracter estrictamente médico por lo que entiendo bastante poco pero ahí está, bien colocadito en la librería. Por si se tercia... Vamos que hasta el mismo neurólogo me dice que "manejo muy bien los términos", cosa que me agrada la verdad...


Sobre mi enfermedad me han recalcado miles de veces tres palabras, quizás mágicas leyéndolas desde mi panorámica: "Está muy controlada". Dicen que me la han cogido muy a tiempo, que está todo controlado, que he tenido pocos brotes (menos mal porque no quiero ni acordarme) y que puedo seguir con mi vida tan normal... Hasta aquí bien, perfecto. Y yo me planto frente al espejo y digo "pero tía, si estás requetebuena. Apúntate a Tai-chi a ver si puedes controlar a los rebeldes inmunes y todo sobre ruedas... " y bueno, sin estas artes también salgo del atolladero.


Pasan los días, y pasan... y yo divina de la muerte, sobreviviendo como una lechuga entre coles. Coles que se traducen en: agujetas inesperadas en los muslos como si hubiese hecho la maraton a la Comunidad de Madrid (duran 20 horas y desaparecen), un Picasso en el ojo izquierdo que me hace dejar el ordenador de la oficina porque no veo tres en un burro, me quedo en dos (dura 3 minutos y desaparece), despertarme a media noche sin sentirme una mano y un pie (dura 2 minutos y desaparece), despertarme por la mañana con un pierna para Cuenca como "agotada" (dura media hora y desaparece)... Diversiones varias que me visitan algunas veces al mes, pero no siempre las mismas, no me son fieles para nada y mira que se los tengo dicho... El picasso ocular me tiene abandonada desde hace 4 meses por ejemplo, la pierna oriunda de Cuenca sí toca a mi puerta cada semana como mínimo (no esperaba menos de esa comunidad tan bonita). Pero yo y mis consecuencias bailamos y saltamos por casa a modo de entrenamiento psicomotriz, para ver que puedo levantar la pierna a la altura del hombro y dar vueltas y arquearme como Mata Hari (a veces también hago carreras a pata coja).


La pregunta esquiva, que en realidad todos los escleróticos nos hacemos pero que no queremos ni intuir es ¿quedaré en silla de ruedas o usaré bastón?. Lo del bastón es preferible, claro, no me importa lo más mínimo. Además da carácter y House me cae super bien. Yo, como vivo el presente no me preocupo (ahora pienso más en el futuro porque el lunes 24 nos vamos para México y tengo que hacer la lista de las cosas que voy a llevar y eso...). Volvemos a la boca de los neurólogos, "Tranquila que la posibilidad es absolutamente remota, hay muchos avances y estás cogida a tiempo. Esta enfermedad no es lo que era". De todas formas os digo algo, en el remoto caso:


LA MÍA ESTARÁ TUNEADA.


viernes, noviembre 13, 2009

A mí


Si por oler tu piel consigo llegar al cielo,

si mirarte a los ojos es entrar en un paraiso secreto,

mírame y desnuda tu cuerpo amor...



Si el oir tus pasos al entrar me llena de alegría,

si al sorprenderme por detrás me arrancas una sonrisa,

aquí te espero inerte amor...



Si al besar mi cuello me haces sacudir el alma,

si al rozar mi pecho me iluminas el corazón de ambar,

deja que te atrape en mi resina amor...



Si al sentir tu voz me levantas alto en peso,

si al sujetar tu mano derramas en mí tus besos,

bésame mientras volamos amor...



Mírame aquí y deja que te bese.

jueves, noviembre 05, 2009

Tiempo de cerezas

Abres la boca para respirar hondo, pero sólo entran moscas... Pierdes el hilo de lo que escuchas, sólo se oyen moscas y el zumbido te desespera. Las mantas te dan calor, al principio arropaban pero ahora te aturden mientras notas las gotas de sudor bajar por la garganta. Sudor por dentro, sudor por fuera. ¿Queres llorar?, que vá... olvídalo porque no puedes. Ya no te quedan lágrimas, las derramaste todas no hace mucho, ya te llegarán, ellas siempre vuelven.

Moverte entre las arrugas de la franela te desconcierta, te hiere los poros de la piel y los del alma que son más sensibles y se abren ante lo imperceptible. Estira los brazos, las piernas, el cuello, los pies y las manos... y grita. Ahora todo se abre, se rompe y la luz entra, una bocanada de aire casi te ahoga, tanto en tan poco tiempo... ¿cómo?. Quizás esperaba el segundo perfecto, el tiempo de las cerezas... el que brilla y todo lo sabe. El tiempo nuestro, en el que conseguimos por fin lo que queremos, las cerezas se abren y su rojo dulzor llena la boca mientras giras sobre tí misma.

El aire te da de frente y una libélula se acerca y te besa la cara...

martes, septiembre 15, 2009

María Esther. Lágrimas en la bicicleta.


“… A mi niña, mi ilusión…”

Así aconteció; sentadas en el sofá del cuarto de la televisión, una triste tarde, soleada pero triste, porque las tardes son muy listas y saben lo que va a suceder. Mi tía Esther, entre sonrisas y humo, sacó la letanía de su desdicha de la cartera. Cuarenta años atrás, la única niña de entre sus tres hijos, María Esther, había sido arrollada por la bicicleta de otro niño mientras jugaban al pilla-pilla.
Aquel día se despertó, desayunó, jugó, se bañó en la piscina, comió y terminó con una sabrosa sandía que se convertiría en el aviso de su inminente huída al más allá. “…mamá salgo a jugar a la avenida…”, eso fue lo último que escuchó de sus labios, porque el resto lo hizo con pluma y papel.
Calló. Se hirió, pero por dentro, porque por fuera seguía siendo ella, la que se reía, la que comía sandía. Pasó un día. Murió. Un mal golpe, quizás un mal día, una mala tarde. La tarde lloró y la bicicleta también. El niño que la arroyó murió un poco por dentro y por fuera, nunca más en su vida pudo subir a una bicicleta porque podría haber otra tarde como aquella. La sandía huyó de su boca momentos antes de morir, la que había tragado unas horas antes. ¿Sandía?, no. Era sangre, la que se confundió con la fresca fruta, la que la mató. Tía Esther sufrió y murió por dentro y por fuera, también por donde ya no se podía porque lloró más de lo que pudieron sus ojos y tuvo que ser intervenida de varias úlceras oculares, la del corazón, la de la pena, no se la detectaron.

Lo que relato en estas líneas, me lo contaron a su vez otros ya que era tema tabú en la familia, el pecado del arrebato del destino, de la madre huérfana de hija, huérfana de vida y de ilusiones. La madre “loca” de amor por la hija que no tenía. La buscaba al colegio, palpaba a las demás niñas intentando encontrar y reconocer a la suya, la que ya no estaba, la que descansaba en las paredes del cementerio. El sol se escondía, por no ver el rostro desfigurado y daba paso a la luna lunera que todavía la encontraba en las rejas del patio, esperando, por si se hubiese entretenido con alguna amiguita… Pero María Esther no llegaba. Entonces el desespero daba paso a la abnegada valentía, que la trasportaba a los rincones más tétricos del cementerio donde se dejaba las uñas arañando el mármol del nicho, suplicando a la fría piedra que le devolviera a la hija de la que no pudo despedirse.
Pasaron los días y los meses de aquel pestilente año, de aquella década de los sesenta que a pesar de proclamar alegría y libertad, la sumió en angustia y desdicha. Cayó en picado hacía el sótano de la vida, donde nadie baja, donde hay gusarapos y musarañas, donde nunca encontraría a su hija, donde no esperaba encontrarla porque seguro, estaba con los ángeles del cielo.
Nací yo, en 1981, y para ella fue como recuperar a la niña perdida. En mi bautizo, comunión, cumpleaños varios, siempre corría una lágrima por aquel rostro que parecía haberlo visto todo en la vida, todo…Cuando yo era pequeña, recuerdo un bonito óleo de María Esther poco antes de morir. Con aire alegre y moderno, observaba la vida desde otro plano, desde lo alto del aparador, con los ángeles, claro… y con las mariposas blancas que según mi tía, la perseguían cuando andaba por el parque, indudablemente era ella, no cabe duda. Todos hemos sabido siempre que era ella.

Ese día, en casa, en el sofá, nos mostró la primera carta que le escribió al espectro de su hija, en aquellos días tristes, cuando despertaba por las noches atosigada por el alma de quien no puede partir todavía. Fue entonces, desahogándose después de cuarenta años, dando rienda suelta a su pena, cuando por fin las sentí juntas de verdad. Las dos, la madre y la hija. María Esther estaba allí, sentada con nosotras, abrazando a su madre por detrás, para no sorprenderla. Mientras tanto, las palabras de su madre salían despavoridas y yo me bebía las lágrimas por aquella vida que nunca conocí, por la persona que fue y el alma que es, por el amor tan grande que irradió y que todavía nos da, por lo que significó en la vida de su madre, que también es la mía. Por lo que nos dejó, lágrimas tristes sobre la bicicleta.

“… A su niña, su ilusión…”

A un abuelo que se perdió


Con el mayor pesar del alma, querría recordarte
no porque recordarte me pese
sino porque al hacerlo no puedo mirarte.
Te conocí un día cualquiera,
aquel año en el que te sentías aquí,
maldito este año presente
cuando alguien decidió que debías partir.
Cualquier rincón de esta vieja casa,
es eco de lo que tú fuiste
pero a mí ese eco no me basta,
me golpea desde una tarde en que te perdiste,
te fuiste y no supiste volver,
tal vez porque no quisiste
y corriste rápido hacia el bello atardecer.
La vida me llevó fuera de casa
los días en que preparabas tu viaje,
pero esperaste allí, bajo la ventana
a aquella a la que serviste de padre.
Te marchaste de repente, sin avisar,
el cantineo de tu vida se esfumó ante mí
pero no fui nadie para poderte sujetar.
Entonces vino a ti el invierno templado
el de la mano que te arrebató,
el que recuerdo con gran desagrado
y al que le tengo temor.
Espero que en algún lugar me recuerdes,
porque en algún lugar has de estar,
te seguiré escribiendo las cartas
sobre aquello que te gustaba escuchar.

Te recordaré en lo que haga,
No te olvidaré jamás.

martes, septiembre 08, 2009

Ven

Ven. Deja que te mire a los ojos, no te rias ¿eh?. Mirame, vale... a ver quien aguanta más. ¿Te has reido!. Sientate aquí. ¿Por qué me coges de las manos?. ¡Qué romántico estás hoy!. ¿Alguna vez te había dicho que te quiero mucho?, ¿por qué nunca me lo dices?. ¿Cómo que yo ya lo se?, claro, pero también me gusta oirlo. No, ahora no disimules, ¡¡no me achuches anda!!. Zalamero, no tú más, que nooo tú más. Mira que parecemos imbéciles, despues de diez años y con estas tonterias. ¿Te vas ya a trabajar?, vale. No llegues tarde que me aburro, acuerdate que esta tarde no tengo turno. ¿Cómo?, ¿que has dicho?, no te he oido. Mmmm... yo tambien te quiero.

Oler la mañana.


He estado en algunos lugares de este mundo, he despertado a la mañana en todos ellos.

¿Por qué cuando me asomo al aire fresco de las 09:00 es siempre el mismo olor el que acude a mis curiosas narices?.


En América, Europa o Asia, oler el olor áspero del pan y la leña cortada en zonas rurales y el café y el dulzor de las calles empapadas por el rocio en zonas urbanas. Es importante pensar que la humanidad vive unida por el olor que desprende la salida del sol, el olor peculiar que une razas, tradiciones y pensamientos... que cosa más rara... rara pero cierta. Por las mañanas, momento importante para mí en el día ya que marca el resto de la jornada, siempre me asomo a la ventana. Aunque sean 2 minutos, a ver si hace sol, si la venta de en frente ya abrió, si el borracho de turno sigue en el bar de la esquina desde la noche anterior... y entonces ese batumen impacta en mi cara. De lleno. El rayo del sol acariciándome la mejilla y el aire fresquísimo que me hace volar sobre océanos y continentes.
El Flash Back a la niñez añorada, la ida al colegio con los calcetines por la rodilla, el paraguas en la mano y la legaña en el ojo. Siempre, siempre el mismo olor que me hace saludar a los que ya han muerto porque los siento todavía conmigo, me hace dar la mano a la maestra de segundo de primaria, me hace correr por la playa en agosto y ver las montañas frente a la ventana de mi actual casa. El olor, para mí, que engloba la vida, la mañana que da la buena nueva al recién llegado día, la posibilidad de disfrutar una vez más de esta aventura que es vivir.