viernes, julio 10, 2009

Gracias

Depues de muchos años la ví. Entró. Me saludó y parece que no quiso marcharse. Esta mañana llegamos a la oficina y todavía estaba enredada en las cortinas, después de una larga noche entre las sombras de mesas, sillas, ordenadores y archivadores. Al dejar que la luz entrara, aleteó fuerte y se dió a conocer la libélula que ayer entro a jugar conmigo antes de marcharme por la tarde. Era grande, hermosa, resultona con sus alas helicópteras doradas, el cuerpo firme y atornasolado en verde. Los ojos grandes, macroscópicos, nos analizaban como si quisiesen acordarse de nuestras caras.

Con un trapo, que antaño fue una sábana, le dimos caza con sutileza, con la suavidad necesaria para no matarla o hacerle algún daño, de eso me encargué yo. Nos dirigimos hacia la puerta y la dejamos volar. Subió alto, alto, tan alto que en un pis pas se fundió entre las azoteas y los haces de luz del sol temprano, del sol del verano a las 10:00.

Cuando estaba encerrada se topaba con todas las paredes y parecía torpe o incluso herida, no pensé que volara cuando la soltamos. Pero voló alto, con la inmensa alegría que aporta la libertad y el aire fresco.

Buen viaje.

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